Algunos caminos no deben andarse
Hace algunas décadas me encontré con el abuelo, estaba sobre la banca del parque, a medio pueblo, fumándose un cigarro -baronet rojo, según me acuerdo.
-Oiga abuelo- le dije en el tono más comedido posible, porque cuando no estaba de buenas, o no me contestaba o me hablaba golpeado. Y la verdad uno siempre quiere que los abuelos le hablen despacio, bonito, hasta con ternura si se quiere. Pero la verdad, a esas alturas de la vida, las buenas personas que han vivido más de setenta años, pueden darse el lujo de hablar como quieran, no en balde le han ganado tiempo al tiempo, no faltaba más.
Yo le pregunté si había ido para Jariosto, allá por donde los Villa. Le dio una fumada a su cigarro y se me quedó viendo, y yo mirándolo como zonzo.
-“Mira muchacho”, “Hay caminos que no deben andarse”... y eso fue todo. No dijo nada más, se levantó con energía y se fue caminando hasta perderse en una calle, yo me quedé mirándolo, siempre pensé que se había ido con tan notoria urgencia por un alcohol a la tienda de Doña Chole, pero ya no supe, ni lo sabría ese día ni ningún otro; porque, por alguna razón nadie volvió a saber del abuelo. Otro día les contaré de eso.
En ese instante mi apuro era llegar a Jariosto, el abuelo había adivinado el motivo de mi pregunta y me quedé dudando. ¿Qué habría en aquel rancho de malo como para no ir? ¿Qué habría vivido el abuelo para tener aquel por un mal camino?
Mis pueriles temores se sumaron a la expresiva intención del abuelo y mejor me quedé en la Villa un rato. Nomás para tomarme un refresco antes de hacer una visita y tomar el camino de regreso.
Nunca fui a aquel lugar, no lo conocí ni supe más de él, quedó conmigo la impronta que me dejó el abuelo: hay caminos que no se deben andar.
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