Prisión preventiva
“Unos cigarrillos, a ver, ¿qué más traes?” Dijo el custodio con aire enfadado, junto a él un elemento de la Guardia Nacional y un policía del Estado, formaban un semicírculo frente al detenido, en la celda X del centro penitenciario del Mojo.
Era una tarde calurosa, más allá de los muros se veía una nube de polvo que lograba saltar encima de las torres para depositarse gránulo tras gránulo en los cabellos de unos, sobre los rostros y espaldas de los reclusos; “siquiera algo bueno llega de afuera” expresó con una media sonrisa El Fito, mientras la revisión seguía.
Le arrebataron los cigarros sin dejarle ni el pedacito de uno que simulaba en la mano casi cerrada. “Mai, ese, ya casi es la pura bachicha, me lo fumo en la libre, cuando salgamos al patio, ándele”, y así habría seguido insistiendo, pero lo empujaron con el tolete hasta ponerlo de espaldas a la pared, con rápidas maniobras salieron los oficiales y ya dejándolo entre los demás tras las rejas, el custodio le dijo en una especie de voz altisonante muy usada por los mandos castrenses, que logran abriendo extremadamente la boca y empujando el aire desde el diafragma, con fuerza, “¡cállate recluso!, al rato te dicen el castigo, ya te la sabes, no te mandas solo, aquí andas derechito”.
Fito se sentó en el rincón abrazàndose ambas piernas. No se acostumbraba al olor a sucio, a humedad, a trapos viejos, era una mezcla detestable, se impregnaba en cada uno, y ahí estaba, tolerando ese hedor.
Pensó en Camila, le daba gusto saber que estaba lejos, afuera, ajena a todo eso; y aunque se sentía culpable ante ella, no se explicaba cómo fue que lo metieron en el problema, aquella mañana había ido a la tienda, vio al hombre tirado moviendo una mano, quiso ayudarlo a levantarse, lo abrazó para arrastrarlo con la idea de pedir un taxi, un médico, lo que fuera, cuando llegó la policía no lo dejaron hablar, lo postraron contra el piso, no le dejaron explicar por qué traía su ropa manchada de sangre.
Lo detuvieron que en flagrancia, le dijeron; pasó un día o dos, cuando llegaron ante el juez, hablaron los abogados y a él nomás le dijeron que se callara, cuando el juez dijo que iba a seguirse un proceso, le explicó también que no se preocupara, que la vinculación a proceso no era una sentencia y que para ese momento se ocupaban poquitas pruebas, casi ninguna, pero que si llegaba a juicio se ocuparían muchas pruebas y que solo así podían condenarlo si le demostraban el homicidio que le atribuían.
Que no se preocupara, pero si decían que él había matado y hasta salió en el periódico dizque con los ojos tapados, como si sus hijos, su esposa, sus vecinos y todo el pueblo no lo fueran a conocer… no podía creerlo, ¿cómo no iba a preocuparse si estaba detenido y nadie sabía por cuánto tiempo? El abogado le dijo que no podían tenerlo por más de dos años pero que antes se podía resolver todo, pero que ocupaba que le llevaran pruebas, porque como era defensor público no tenía investigador, que le dijera a su esposa, a sus familiares… ¿pero ese abogado no sabía que estaba detenido, cómo le iba a hacer? ¡Y ni siquiera lo dejaban fumar para pensar mejor!
La noche fue larga, fue una más, aunque diferente… el viento caluroso de la tarde acercó unas nubes sobre el centro, parece que solo ahí llovió esa noche. El amanecer llevó el petricor a los rincones, despierto antes que los gritos de los custodios llegaran hasta su espacio, casi sonrió porque al menos por un rato la peste que lo atormentaba cambió por esa frescura que se coló a los rincones de la celda.
Caminó a la formación, ya iba pensando en los girasoles que su abuela había plantado hace mucho tiempo en el patio grande, un año antes de su muerte. Ella se había ido, pero los girasoles quedaron, y su voz que decía en pícara complicidad: “mira hijo, debes ser como ellos, siempre le dan la cara al sol.”
Aspiró el último aliento fresco de la mañana, el sol ya empezaba a salir, los huaraches se hundían a su paso en áreas lodosas, otros reclusos empezaron a gritar mientras corrían, apenas alcanzó a escuchar su nombre mientras unos caían al piso, sintió un golpe, luego su cara contra el barro, la tierra no sabía tan mal después de todo, cerró los ojos mientras lo pisaban pateaban, golpeaban, alcanzó todavía a percibir ese fantástico olor a lluvia, con fuerza se dio vuelta sobre sí mismo para ver el sol mientras murmuraba a su Camila, enseguida perdió el sentido… nunca llegó la sentencia, no fue necesario, alcanzó mucho antes su libertad absoluta.
Ojalá nunca tengas que ir a la cárcel de El Mojo, si vas, ojala no tengas que entrar, si entras, pide ir a la zona del pueblito aunque sea un momento, ahí, al fondo, junto a un patio que hace las veces de cancha deportiva, de área de formación y rincón de castigo, verás en una esquina los girasoles enhiestos.
Dicen que una mujer pidió permiso para sembrar unas semillas y cuando crecen los girasoles al punto de perderse o ser cortados, va y siembra más… que así ha hecho por meses, por mucho tiempo, dicen que fue ahí, justo donde cayó Fito, de cara al sol..


Increíble pero cierto eso pasa en el sistema y muchos inocentes están presos debido a la falta de recursos y capacitación del personal que investiga los delitos
ResponderEliminarLastima del caso de Fito, como miles que seguramente les ha sucedido, esperemos nunca estar en el momento y lugar menos indicado...
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