Chapulines
Una medida, dos medidas, tres medidas…
…así, la tehuana hundía el pocillo en los chapulines olorosos esta mañana, entre el alborozo del trajín comercial y la pena de la próxima partida, creí ver a un insecto saltar de la canasta, en lo que me pareció un legítimo ejercicio de autoexclusión del menú cotidiano. Alcé los ojos hasta intentar encontrar los de la marchanta que ensimismada seguía contando y contando las medidas, hasta completar el pedido y hasta ese momento volteó la mirada conmigo y con una amplia sonrisa, me mostró el pocillo para volver a hundirlo una vez más entre los grillos mientras decía: “¡el pilón!”.
Ah Tehuana, como me enseñas -me dije, mientras me retiraba con mis chapulines condimentados a otro lado, a otra parte, a otra tierra. Hasta antes de ese momento me había sentido como un turista y como tal, había sido tratado y hasta consentido por la gente del Valle de Oaxaca, Vallistas les dicen.
Pues, si somos los mismos. No entendía el encanto, los ojos brillosos, la emoción de cada momento en la cuna de Juárez, hasta que caí en cuenta que todo esto era el reencuentro con las raíces, una historia de vida contada por el pueblo y aún en mucho no escrita.
Ya me daba una idea cuando presencié a los representantes del Valle, de Pinotepa Nacional, de la Costa, del Istmo, cuando escuché a los críos que dominan los instrumentos musicales como a sus lápices en la escuela, cuánto color, cuanta firmeza en esos pasos, cuanto orgullo en esos vaivenes, cuanta majestuosidad en esos rostros… mi México manifiesto en una amorosa fiesta.
Antonio Cabrera
Comentarios
Publicar un comentario